Estaban ahí, sus cuerpecillos blanquecinos, escuálidos y deformados, se movían entre las penumbras de la habitación; dos de ellos cuchicheaban algo escandalosos; parecía una charla amena de amigos, con risas espontáneas y ademanes de júbilo. Sabían de mi presencia y no les importaba. Mis ojos se batían en duelo con las sombras de la habitación, torretas, faros y fuegos artificiales me aportaban poca ayuda, y los reflejos de destellos multicolores, agregaban un toque surrealista al mundo debajo de la cama. Estoy mirando por debajo de ella, hay una ciudad entera de criaturas extrañas.
El aroma del whisky derramado sobre la alfombra, me inunda las fosas; es exasperante el picor de los vapores sobre mis ojos, aunque mi lengua opina diferente; se muere por deshacerse de la pesadez y calmar el desierto que le cubre con un trago más del señor "Daniels". La botella está demasiado lejos, será en otro momento, tal vez después, para celebrar cuando pueda hacerme de uno de esos pequeños. Estaré soñando —pensé con desgano—, pero estoy tirado sobre la alfombra, siento el frío que se cuela de la puerta sobre las plantas de mis pies. Y sólo eso, no siento las piernas, ni las manos aunque me siento húmedo del miembro. Ahora recuerdo.
Andrea descansa sobre la cama. Mis ojos se sienten oxidados, pero distingo uno de sus zapatos y el sostén que cuelga de la cabecera. Si logro levantarme del piso, pienso montarme de nuevo en ese trasero enorme con forma de corazón. No debí subirla del bar, no debí decirle que soy el afortunado que la esperaba. Esto mañana me puede salir demasiado costoso, pero ese par de tetas aún revolotean en mis manos adormecidas, Recuerdo que tenía un ligero aroma a tabaco mezclado con el perfume de su cuello terso. Prefiero volver a oler su sexo mojado. La sensación entre mis piernas dice que estoy en lo correcto, que estoy excitado y debería despertarle para hacerle bajar aquí y que se siente de espaldas para observar sus nalgas. Creo que siento sus manos recorriendo mi falo. No, son manos pequeñas; son dedos de aguja que se entierran en la piel. El mundo gira demasiado rápido y mi cabeza pesa más de una tonelada. El estúpido cuello no puede ayudarme, pero debo levantar la vista y saber qué es lo que hurga entre el vello de mi entrepierna.
Se escuchan voces agudas. lejanas... No, están cerca, son demasiadas, tantas... Es una marea que esparce rumores. Hablan de mí, se burlan, me desprecian. Es estúpido pensar que pueda encontrarme en una situación así. Las pequeñas criaturas estarían en lo cierto. —Hey miren ese idiota con las pelotas de fuera— al menos algo así diría si pudiera verme conspirando para meterme entre las piernas de una ebria.
—Malditos pervertidos. —grité o murmuré, mi lengua apenas se movió, pero lo dije con la convicción de que sabía que me estaban observando—. ¡Largo de aquí, si no quieren que los aplaste!
Las voces cesaron. El estruendo de pistolas y sirenas en la calle, retomaron su habitual espacio. Andrea ronca como borracho de taberna; pudiera hacerla callar metiéndosela por la boca, hasta que se ahogase vomitando toda la cena. Pero hay algo que me inquieta: un sonido lejano, una ola de tierra que se mueve arrastrando algo pesado, un cadáver que apesta a mierda y tal vez lo sea. Mis ojos están más pesados que nunca, dentro de los mismos se disparan momentos de claridad. Puedo mirar el techo y la cama, estoy desnudo en el piso, la alfombra me raspa la espalda y estoy demasiado mareado para ponerme en pie.
De pronto, toda la habitación se torna de rojo. No, no es la habitación la que ha cambiado, son mis ojos; están cubiertos de un líquido espeso que me nubla la vista; se derrama de la cama donde está Andrea. Ya no la escucho roncar. No puedo limpiarme la cara, mis manos se sienten inmóviles, están pegadas a mi cuerpo. El tinte que me tiñó la vista, se deslava con unas lágrimas furtivas. No es suficiente para saber qué es lo que me sucede, pero alcanzo a ver la mano de Andrea, justo arriba de mi cabeza; ¿sobresale demasiado de la cama o es que yo me encuentro más cerca de ésta?
Es verdad, de alguna forma me he movido hacia debajo de la cama. Se siente el frío del metal rozándome las piernas. ¿Cómo puedo deslizarme sin siquiera mover un dedo? —me pregunto con angustia—. ¿Es la cama la que ha cambiado de lugar? Debo estar demasiado ebrio para imaginar tantas estupideces. La mano de Andrea comenzó a derramar el mismo líquido espeso por la zona de las muñecas; primero una gota, después un delgado hilo de agua oscura que cayó sobre mis labios librándose de la ignorancia. Es sangre, algo está sucediendo y mi cuerpo cada vez más inmóvil se dirige a la profundidad de la oscuridad. No puedo detenerme, sólo alcanzó a mirar la mano de Andrea que no se mueve. Despierta maldita inútil —dijo mi temor con toda su paranoia, pero su voz se quedó afónica, al ver sobre la palma de mi amante, a una de las criaturas ahora ensangrentada y con una sonrisa dibujada en su rostro demoniaco.
(continuará)
Jorge López García
Atizapán de Zaragoza, Edo. de Méx. a 5 de mayo de 2015

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